Serpenteando recuerdos



Ese día sabía a domingo, dormía y ante el ruego insistente del toque a la puerta, a pesar de mí,
fui y te vi allí sentada con esa carita de no sé que hago aquí.
Venía de un cafetal que transpiraba un humus con perfume de tierra mojada. Un sonido de galope desesperado que dejaba una huella, que parecía herradura.
Le dije que regresaría por ella.
Pero llegó antes tras de mi, buscándome con pasos de ansiedad.
Cómo decirle que, mi ansiedad pudo más.
Como explicarle sin que mediara una margarita a quien la deshojara y preguntarle: ¿la dejo, no la dejo?
Una trenza de recuerdos serpenteaban, y podía mas mi desmán y sus palabras que se trepaban entre los escalofríos, de esos nervios que me delataban.
No le dí al tiempo un momento para recapacitar, esperar era igual a perder.
Y así el mismo tiempo nos rebasó.
Las rosas empezaron a deshojarse, las letras de los poemas se deformaron en las hojas de las servilletas.
Regresé mas de una vez, y una pieza del rompecabezas hacía falta.
La debí inventar pero no calzaba, tal y cual la zapatilla de Cenicienta.
Pensé que, si aquella pequeña de rulos dorados, ojos verdes y pestañas vueltas, pudo haber sido esa espera, que de la espera me olvidó.
Y así vino un devenir que no tuvo ese sabor, aroma, sin que agradara a mi paladar y si acaso la hubo, nos vimos, lo disfrutamos y,
adiós...


Cristián

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