Un dejo de pueblo

Es ese tipo de tarde que huele a noche de gardenias,
que se viajan hasta la ventana de mi habitación con ese pisco de dejo, 
con el aroma de la vida que huele a madera agrietada de hormigo que se interpreta con el coro de sanates y clarineros.
Los azacuanes que anuncian el invierno de ida y el verano de vuelta.
De los aguaceros que se estrellan en las laminas de las casas del pueblo y los vientos dispersos que se escurren sin permiso en los corredores hasta los rostros acalorados de la gente para dar una poca de brisa.
Es un manojo de recuerdos que se trenzan como las vidas entre vecinos.
De esos que no se olvidan que tienen hilos que se abrazan entre si para volverse recuerdos...

Cristián

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